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EL TESTAMENTO DE LOS NADIE: El Nepotismo que Mató al Sonido Motorizado de Rappi en Cusco.RAW

  • Writer: Richo Jaip
    Richo Jaip
  • Jan 28
  • 12 min read

-El Oligopolio del Escenario: Las huacas modernas bajo el yugo de la licencia municipal y el capital heredado.


-La Traición de los Ídolos: Cuando el Ayllu se convierte en el feudo de un solo Inka y el arte en una ofrenda vacía.


-Del Sacrificio al Espejismo: Una crítica a la sobreproducción egoísta y el embrutecimiento de la noche cusqueña.

Las sombras en las callejuelas del Cusco no solo ocultan el rastro de un linaje que se desvanece, sino también el eco de una traición que se repite como un estribillo mal ensayado. En ese salón de techos altos y vigas de madera crujiente, el primo que estudió en la capital cierra el maletín con un clic seco, definitivo. Ha convencido a los tíos de que el papeleo es un laberinto sin salida, que la propiedad es una carga y que lo mejor es una "transacción interna". Mientras la familia firma con dedos temblorosos, él ya está pensando en la plusvalía de ese suelo que acaba de arrebatar con el peso de un léxico que los demás no poseen. Esa misma escena, con otro vestuario y bajo luces de neón, se traslada al sótano de un local de moda donde el aire huele a cerveza rancia y a promesas vacías.


Allí, el artista que heredó no solo el capital, sino la astucia de ese "primo abogado", despliega su arsenal. No necesita convencer a nadie de su talento porque ha comprado el silencio del entorno con una sobreproducción impecable. Es la estética de la "madurez", ese término que Santiago Motorizado solia mirar con sospecha: una billetera digital de dinero que cubre la falta de emoción, un sonido tan pulido que ha perdido el filo de la urgencia. El heredero no busca comunidad; busca un nicho donde su inversión rinda frutos rápidos, ocupando los pocos escenarios que los dueños de locales mantienen bajo un régimen de exclusividad. Estos dueños, encantados con bandas que ya traen su propio público y su propia "limpieza" visual, cierran las puertas a lo indómito, a lo que no tiene para el flete de un amplificador de boutique.


Sin embargo, el misterio de traición más amargo surge cuando la resistencia intenta organizarse. Imaginemos a esa asociación de músicos, nacida en un arranque de idealismo, jurando que la suerte de uno será la de todos. Pero el éxito es un veneno lento. Cuando la banda líder —aquella que servía de estandarte— finalmente da el "gran paso", la mística del colectivo empieza a agrietarse. Lo que antes era un sello de cooperación, como lo fue Laptra en sus días de gloria en La Plata, se convierte en una estructura de poder vertical. El líder, ahora convertido en una figura mediática inaccesible, empieza a gestionar su nombre como una marca de lujo, como influencer que vende pañales de anciano. Ya no hay intercambio, hay una "política de derrame" que nunca llega. Los grupos emergentes, aspirando a repetir la suerte de los consagrados, terminan invirtiendo sus ahorros en usar los equipos de la banda líder, pagando por pisar el mismo escenario, alimentando el capital de los que ya están arriba. Es una economía de la nostalgia donde los "hijos" pagan el diezmo a unos padres que ya no los reconocen.

En este tablero de ajedrez, las figuras que sobreviven son aquellas que, como Pantro Puto o Niño Elefante, operan en las periferias de la atención mediática. Mientras el líder se ahoga en la sobreproducción y en fórmulas que ya no conmueven —secuelas de un éxito que se intenta calcar una y otra vez—, los guitarristas mantienen una política de desarrollo más humana, menos obsesionada con el capital y más con la vibración de la cuerda en un ruido de armonía. La solución a este nepotismo artístico no reside en esperar que el "nepo baby" abra la puerta, sino en sabotear la cerradura desde dentro.


Mientras tanto en el Cusco, la geografía del poder no solo se mide en metros cuadrados, sino en la capacidad de navegar el laberinto de la prohibición. Las políticas municipales, disfrazadas de un puritanismo higienista bajo el lema del "control de desmanes", han ejecutado una limpieza quirúrgica Étnica Neo Nazi de Derecha Indigenista Hueca que solo beneficia al gran capital. Al restringir los permisos de funcionamiento y la venta de alcohol bajo una lógica de tolerancia cero, la municipalidad no ha erradicado el vicio, sino que ha creado un oligopolio de la noche. Solo aquellos con el músculo financiero para sostener litigios administrativos y pagar multas exorbitantes logran mantener la persiana arriba.


Esta diversión superficial permitida es la que asfixia al artista. El dueño del local, convertido en un barón del permiso municipal, sabe que tiene el sartén por el mango. Mientras tanto, el emprendimiento precario —ese restaurante que de noche sueña con ser discoteca— vive bajo la espada de Santiago Mata Yndios de la clausura populista. Son locales que embrutecen al joven con alcohol adulterado y sonido estridente, sin ningún interés por la cultura contemporánea, buscando solo la rentabilidad del desmayo. En este escenario, el músico emergente queda atrapado entre el gigante que lo desprecia y el precario que solo ofrece veneno.

Esa "verdadera salida" es, en realidad, un campo de batalla minado por la propia condición humana, donde la avaricia no siempre viste de traje, sino que a menudo usa camisetas de bandas independientes. La perversidad del crecimiento egoísta radica en su capacidad para mimetizarse: el líder que ayer pedía justicia hoy gestiona su influencia como un terrateniente cusqueño gestiona una parcela robada. En el Cusco, el "conocimiento legal" es el arma; en la música, es el "capital relacional".

La traición al colectivo no es un evento súbito, es una erosión lenta. Comienza cuando la banda que lidera el sello o la asociación empieza a recibir invitaciones que los demás no. En lugar de forzar la entrada de sus compañeros, aceptan el trato bajo la mesa: "tú vienes, pero tus amigos no están a la altura del estándar técnico que hemos invertido". Y aceptan. Se justifican diciendo que "abren camino", pero lo que hacen es pavimentar una ruta privada donde solo transitan sus vehículos. Es el síndrome de la escalera: una vez que suben, la patean para que nadie más alcance la cima, asegurando que su sonido —ahora esa "madurez" sobreproducida de la que renegaban— sea el único referente de éxito aceptable.

Esta dinámica alcanza su paroxismo en los grandes festivales, con el Lollapalooza como el mausoleo más grande de los ideales traicionados. Lo que nació en los 90 como un grito de guerra del grunge y la alternativa, una caravana nómada para los desadaptados, ha mutado en una pasarela de estatus. Hoy, el cartel del festival es una lista de activos financieros. Ya no se va a descubrir la crudeza de una propuesta con ADN propio; se va a validar la inversión del "nepo baby" que pudo pagar la campaña de difusión necesaria para aparecer en las letras pequeñas del póster. El sistema absorbió la estética de la rebeldía y la devolvió empaquetada en pulseras con chip que rastrean cada centavo de tu consumo. Es el triunfo del reconocimiento social sobre la conmoción artística: la gente no graba el solo de guitarra por su belleza, sino para demostrar que tiene el capital para estar en la zona VIP.

En las ciudades, los bares replican esta avaricia a escala microscópica. Hay locales en Cusco o en La Plata que han construido su prestigio sobre el sudor de bandas que tocaron gratis durante años. Cuando el bar finalmente acumula el capital suficiente para mejorar su sonido y su barra, en lugar de agradecer a la comunidad que lo sostuvo, el dueño cierra un trato de exclusividad con una productora nacional o con los herederos de turno. De pronto, el local que era un "refugio" exige un "rider técnico" que solo las bandas con inversión previa pueden costear. Es la gentrificación del escenario: expulsan al artista que le dio alma al lugar porque ahora el espacio es demasiado "elegante" para su humildad formativa. El dinero se gasta en luces LED y maderas finas, pero el trato al músico sigue siendo el mismo: una jarra de cerveza barata mientras el dueño cuenta los billetes de una entrada que el artista no percibirá.

Incluso dentro de los sellos que juraron ser cooperativos, como el caso de la deriva de Laptra, se instala una política de espejismos. La banda consagrada, imbuida de esa avaricia que da el miedo a perder el trono, permite que los más jóvenes usen sus equipos o graben en sus estudios, pero a precios que solo sirven para subsidiar la siguiente gira internacional de los líderes. No es apoyo, es extracción de valor. Es el equivalente artístico a cuando el pariente poderoso permite que el primo despojado viva en el cuarto de servicio de la casa que le robó, cobrándole además un alquiler por la "generosidad" de no dejarlo en la calle.

La salida real, y la más dolorosa de ejecutar, requiere una honestidad brutal que la mayoría no está dispuesta a asumir: la desarticulación del culto a la personalidad. La solución técnica es la creación de Fideicomisos Culturales Ciegos. En estos, los ingresos generados por la "banda líder" en festivales masivos no van a sus cuentas personales de forma íntegra, sino que un porcentaje se queda en un fondo común administrado por un tercero independiente, destinado exclusivamente a financiar las giras de las bandas que aún no tienen "nicho". Si el líder se niega, queda expulsado del colectivo. No hay espacio para el crecimiento egoísta.

Asimismo, frente a los festivales-pasarela, la respuesta es el boicot a la exclusividad. Si una banda del colectivo es llamada a un Lollapalooza, su contrato debe exigir, por cláusula, la inclusión de una banda emergente del mismo círculo en un horario digno, o el pago de una tasa de fomento. Es convertir el nepotismo en una herramienta de contrabando: usar el sistema para meter el virus de la identidad propia en los oídos de quienes solo buscan estatus. Sin estas medidas de control contra la avaricia natural del que triunfa, la música seguirá siendo un litigio de tierras donde el que tiene el mejor abogado —o el mejor sintetizador de cinco mil dólares— siempre se queda con el horizonte.

La salida de este laberinto no será una puerta, sino una grieta en la propia estructura del edificio que robaron a los parientes vulnerables. La solución real requiere una honestidad brutal: la desarticulación del culto a la personalidad. Para evitar que el bar precario siga vendiendo alcohol adulterado y sueños rotos, la salida es la Ley de Fomento de Centros de Escucha Cultural. Esta política transformaría las multas municipales en un fondo de crédito para que los locales pequeños puedan acceder a licencias de "Espacio Cultural" solo si demuestran una programación de música con ADN propio, prohibiendo la venta de licor de baja calidad y obligándolos a invertir en aislamiento acústico y trato digno al artista.

Propongo, además, la creación de un Fideicomiso del Sol: un contrato donde los ingresos de las bandas consagradas en festivales como Lollapalooza no vayan íntegros a sus bolsillos, sino que un porcentaje se guarde en una huaca común para financiar las grabaciones de los que aún no tienen voz. Si el líder decide caminar solo y olvidar al colectivo, el peso de los instrumentos debe hundirlo en el olvido. La comunidad se salva cuando el que llega arriba no se convierte en el nuevo dueño del bar, sino en el que deja la puerta abierta y las llaves puestas, permitiendo que la música, y no el dinero del padre, sea la que dicte quién merece ser eterno en la piedra.



Cuento Corto: El Contrato de los Espejos y la Sombra

En los pasillos de una ciudad como el Cusco, donde el peso de la piedra es casi tan denso como el de la herencia, se teje una red invisible de silencios y despojos. No es extraño entender que, tras las fachadas coloniales, se libra una guerra fría de documentos amarillentos. Existe la figura del pariente que, movido por la cercanía al lenguaje del derecho, se convierte en un arquitecto de la apropiación. Mientras una parte de la familia observa con el terror que provoca la burocracia, el otro bando opera en la sombra. Se instala entonces una paz fingida, una resignación que no es más que el triunfo del cinismo sobre la sangre.


Él no buscaba la música; buscaba el orden de los espejos de arrogancia. Su local era un templo de equipos importados que permanecía abierto mientras la municipalidad clausuraba con celo bíblico los refugios de los desesperados. Su sonido era como en los relatos de Poe: un cadáver hermosamente vestido, una sobreproducción que ocultaba la falta de espíritu. Pero la traición real fue la del bajista de nuestro antiguo colectivo, quien, al ganar fama, se transformó en un Inka de barro. Ya no compartía el Ayllu; ahora cobraba a sus hermanos por respirar el mismo aire de sus amplificadores.


El humo en el bar "El Inka de Oro" era tan denso que casi  podía fumarse. Allí, sentado en la mesa más oscura, el líder de la banda que alguna vez fue el alma del barrio revisaba un contrato impreso en papel de alto gramaje. Ya no vestía la chaqueta raída de sus inicios en los ensayos de garaje; ahora su ropa tenía ese corte costoso de quien ha aprendido a hablar el idioma de los dueños de los locales y que la educación y capital social heredó de una universidad privada. A su lado, el empresario del evento—un hombre que veía frecuencias de sonido y notas musicales como si fueran intereses bancarios— le palmeaba la espalda. El trato era simple: la banda líder tocaría en el escenario principal a las 8:00 p.m., justo antes del headliner internacional. El precio del silencio sobre sus antiguos compañeros de colectivo estaba incluido en el cheque.

Pero en el rincón opuesto del salón, la sombra de la traición ya había sido detectada. Un grupo de jóvenes que aún cargaban unos amplificadores de tercera mano por las cuestas del Cusco no buscaba limosnas ni "oportunidades" de tocar por una cerveza. Habían entendido la perversidad del juego: el crecimiento egoísta de sus mentores se alimentaba de su invisibilidad. El líder se había convertido en el primo abogado que se queda con la casa familiar, dejando a los demás durmiendo en el patio en su aro más puro de bondad patriarcal Colonial.


La anécdota cuenta que esa noche, antes del gran festival de esta famosa banda Argentina que tiene el aura de besar el trasero bendito de un movimiento musical nacido hace 25 años, los jóvenes no protestaron con pancartas. Hicieron algo más letal: usaron el sistema contra el sistema.

Habían pasado meses estudiando los diagramas técnicos del festival, esos que solo los "expertos" y los hijos del capital manejan o que solo usan como juguetes sin leer en manual o precarizando a personas sin instrucción para trabajarlos. Descubrieron que el plug-in de  la consola Alemana de última generación de 800 canales de la iMac de 8mil dólares y —esa joya de sobreproducción comprada con el sudor de años de consumo comunitario— tenía una vulnerabilidad en la ecualización de una frecuencia digital de distorsión armónica que por arrogantes ellos mismos activarían. Horas antes del show, infiltraron un algoritmo en la consola principal, una "cláusula de rescisión sonora".

Cuando el líder subió al escenario, rodeado de luces LED que costaban más que todo dinero recaudado por sus amigos en 400 conciertos para pagar un minuto de grabación con el santo grial de los micrófono Neumann U47, santificado con la saliva de una deidad satánica del Rock cuyo mantenimiento es una pesadilla debido a que las cápsulas internas son imposibles de encontrar en la actualidad, sucedió que el sonido no fue la seda pulida que el público esperaba. En medio del primer acorde, una frecuencia parásita, cruda y distorsionada que recordaba el sonido del efecto tiza, que Incluso para los oídos más curtidos en el sonido experimental, industrial o el jazz libertino Japonés, ya que existen frecuencias y patrones que no solo resultan desagradables estéticamente, sino que disparan alarmas biológicas y respuestas de rechazo físico incontrolables., es qué en Investigaciones acústicas se  determinaron que los sonidos más insoportables para el ser humano se sitúan entre los 2,000 Hz y 5,000 Hz.

Debido a que Evolutivamente, nuestros oídos están anatómicamente diseñados para amplificar este rango, ya que ahí residen los gritos de auxilio y las alertas de depredadores. El cerebro interpreta estas frecuencias como una amenaza inmediata, provocando una respuesta de estrés (cortisol) que ni el fan de Merzbow más devoto puede ignorar. Y fue en ese momento cuándo sonó la nota de una octava de Do# cuándo se empezó a devorar la mezcla llevando a los asistentes un valle de dolor donde lanzaron dardos de sonido para mutilar tu tímpanos. Era el sonido de los ensayos en habitaciones con humedad por las goteras de todas la veces que se despilfarró ese dinero en fiestas patronales y orines en la calles; era el eco de las guitarras desafinadas de quienes no tienen herencia y fueron despojados. El público, acostumbrado a la pasarela de estatus, quedó paralizado. No era un error técnico; era una confesión.

A través de las pantallas gigantes, un mensaje hackeado reemplazó los visuales estéticos de la banda: "Este sonido pertenece al 100% que nos robaste. El escenario es privado, pero el aire sigue siendo nuestro".

El chantaje poético fue efectivo. No querían dinero; exigieron que el contrato de exclusividad se rompiera en ese mismo instante. Bajo la amenaza de silenciar el festival entero mediante el sabotaje de la red de frecuencias, obligaron al promotor a firmar un anexo frente a las cámaras: el 50% de las ganancias de la barra de ese año no iría a decorar el bar del empresario, sino a un fideicomiso gestionado por un comité de bandas emergentes.

Fue una victoria amarga, como el café en una mañana de litigio judicial. El líder bajó del escenario humillado, dándose cuenta de que su "madurez" no era más que una armadura de papel frente a la urgencia de quienes no tienen nada que perder. Se demostró que la avaricia humana tiene un límite cuando la colectividad decide que ya no va a pagar por pisar su propio suelo. La salida no fue el punk de la autogestión romántica, fue el uso quirúrgico del conocimiento técnico para recuperar la propiedad de la voz.

Esa noche, en las calles del Cusco, se rumoreaba que las piedras volvían a vibrar. No por el paso de los turistas, sino porque el ADN de la música había vuelto a casa, arrebatado de las manos de quienes creyeron que el arte, al igual que la tierra, se podía heredar sin pagar el precio de la lealtad.


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